Probando un editor de texto me ha salido esto
El dia en que la tienda abrió sus puertas era un soleado dia de principios de Febrero. Cualquiera pensaría que quien quiera que gobierne este mundo desde los cielos le sonreía amablemente, agraciándole con un obsequio de luz y calor y manteniendo a raya las incesantes lluvias del invierno y ese frio cortante que había caracterizado a las últimas mañanas. Cualquiera menos Zan. Zan era de los que pensaban que si algo podía salir mal, iba a salir mal, y que no tenía sentido culpar a un tal Murphy, que el pobre seguramente ya había sufrido lo suyo sin que los demás le hundiéramos más en la miseria.
Zan no había tenido más salida que hacer modificaciones en su modesta casa, habilitando una zona en la que abrir una aún más modesta tienda y poder vender los no especialmente modestos productos que su nada modesto poder mágico le permitía fabricar. Joyas que permiten a una dama dormir a un dragón y escapar por su propio pie de una alta torre. Espadas de madera de viruta que son capaces de hacer huir despavorido a más feroz troll. Escudos ligeros y resistentes que en un momento de desesperación pueden servir para apaciguar el hambre. Sabor fresa, chocolate o menta, a elegir por el comprador. Barras de pan que puedes llevar en tu inventario hasta el final de tu aventura sin que les salga ese desagradable moho verdoso.
Los problemas de Zan empezaron cuando Helada Madrina volvió de su viaje por el Norte, hecha un témpano y tiritando, cosa habitual en ella, pero también con una sonrisa en la cara. Al otro lado de las montañas había conocido a otra persona con el mismo poder de Zan, y al parecer esta persona nadaba en lingotes de oro. No de forma literal. La austeridad de Zan le servía bien, pero la insistencia de Helada Madrina finalmente superó su vagancia. Los planos estaban en manos del albañil del pueblo — un tipo más bruto que un enano borracho un sábado por la noche — en cuestión de un par de horas, y las paredes designadas estaban hechas trizas en la mitad de ese tiempo. Cuatro tablas mal puestas y unos barriles de vino vacíos servían de mobiliario. ¿Y las mercancías? Con unas palabras cargadas de magia, un vaso medio roto transformaba el agua que se vertía en él en batido de fresa, una escoba que no se usaba desde hace varias lunas servía para volar a un par de metros del suelo, y un jarrón lleno de telarañas podía esconder tus joyas de los ojos de los ladrones aunque estuviera situado en mitad de la habitación.
El negocio empezó bien. Pero luego…